Sergio ya no confía en su equipo…


Son las diez y cuarto de la mañana y llevo media hora esperando que me atiendan en el Centro de Salud. No soy muy aficionado a ir al médico y  si no fuera porque desde hace varias semanas me despierto con sensación de hormigueo en las manos, no hubiese venido.

Había pensado aprovechar el resto del lunes para  organizarme y  poner mis asuntos  en orden, pero desde que me he levantado  el teléfono no ha parado de sonar.

Parece que no se puede faltar un día. No lo acabo de comprender: tuvimos una reunión para definir las tareas pendientes y ahora me llaman con dudas que deberían estar solucionadas…

Yo también puedo cometer errores, pero si me llamaran la atención por algún fallo o retraso, te aseguro que no me lo tendrían que repetir. Da igual lo que haga;  si no estoy pendiente de todo no se hacen bien las cosas. Al final me siento agotado, me encargo de mis tareas y las de  los demás, tengo que estar pendiente de cada detalle y la cabeza me va a estallar.

Hace unos meses un compañero me recomendó un libro sobre ‘liderazgo’ y he asistido a varios cursos de formación en ‘Habilidades Directivas’, pero al final llegué a la conclusión de que no tengo un buen equipo y he dejado de esforzarme.

Mi problema es que no quiero trabajar en un sitio en el que no me siento implicado y la pasión del principio se ha evaporado.  A mí lo que realmente me gusta es plantear retos, planificar proyectos y obtener resultados.  Y ahora siento que no puedo hacer ninguna de esas cosas e incluso creo que no me respetan como jefe.

Las once de la mañana y sigo esperando, en la pantalla del móvil: veinte llamadas perdidas; cuarenta correos en la bandeja de entrada; y prefiero no mirar los mensajes pendientes…

Debería tomarme una semana libre para reflexionar desde la distancia, pero no puedo permitirme descansar porque no me fío de ellos.  Al menos por un día, que valoren mi ausencia y se las apañen solos. No pienso atender sus preguntas. Bueno…, sólo las llamadas urgentes.

De repente se abre la puerta de la consulta y una enfermera dice mi nombre. Guardo el móvil  e intento levantarme, pero caigo otra vez en el asiento… ¿Qué me ocurre? No lo puedo creer: mis piernas se han quedado dormidas, una sensación incómoda que me hace sentir agarrotado y rígido.

La enfermera,  se ha dado cuenta,  me sonríe mientras extiende una mano hacia mí. Es una mujer de cierta edad, delgada y de aspecto frágil. No creo que pueda sostenerme pero finalmente cojo su mano. Necesito su brazo para coger impulso, incorporarme y empezar a caminar.

Ojalá pudiera sentirme igual de apoyado en mi trabajo. Hubo un tiempo en que mi confianza les inspiraba…

Hasta que un día llegaron los problemas, el estrés, y el miedo a sentirme vulnerable delante de ellos. En ese momento elegí exiliarme en mi despacho, en sus defectos, en mi orgullo.

Desconectado del equipo, desconectado de mi…

 

 

 

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